sábado, 2 de abril de 2016

Bruselas, Lahore y la escuela

Leo en eldiario.es un excelente artículo de opinión escrito por Jaume Portell Caño que lleva por título ¿Qué hizo Europa en casa de los refugiados?
Es un texto que ofrece un análisis extraordinariamente claro de los orígenes del terror que nos está sacudiendo, en los últimos días ejemplificado en los horrores de Bruselas y Lahore (Pakistán) y que está salpicado de frases e ideas escandalosamente sensatas de las que solo rescato dos para que se hagan una idea: Sería bueno dejar de una vez, por dignidad, por vergüenza o simplemente por prudencia, de analizar los síntomas en lugar de ir a buscar las causas.  Y los ricos nunca van a la guerra…
En cuanto al asunto de las causas, Portell se pregunta quiénes venden armas a Estado Islámico y quiénes le compran el petróleo, dos incógnitas que, de conocerse, revelarían quizás un cínico doble juego de intereses del que seguramente se obtienen grandes beneficios al mísero precio de poner en riesgo tan solo las vidas de quienes, azarosamente, se encuentren –nos encontremos: ustedes y yo también estamos en el bombo– en el escenario de la violencia.
Por lo que se refiere a quiénes libran las batallas, otra frase certera, casi bíblica, expresa al mismo tiempo causas y consecuencias, razones que permiten a la gente abrazar creencias y prejuicios que van en contra de toda lógica de conservación de la especie, de cualquier vestigio de humanidad: Quien siembre pobreza y miseria recogerá ejércitos de pobres y miserables dispuestos a unirse a cualquier relato que mejore algo su vida.
Como comprar crudo y vender armas, blindar fronteras y condenar a la miseria a países enteros a través del FMI o de las directrices de los Estados poderosos es claramente cosa de política internacional y son corrupciones de magnates y políticos, parecería que nada en este asunto tiene que ver con la escuela, con la educación. Pero no es exactamente así. Un pueblo educado no procedería de ese modo; un pueblo educado sería capaz de ponerle remedio. Pero el miedo –razonable, en todos los bandos– y la ignorancia son un excelente caldo de cultivo para el odio, y el poder cuenta con esos brotes de xenofobia nacidos de ambos magmas para campar a sus anchas desviando la atención de lo que deberíamos estar tratando de remediar, que está tan dentro como fuera de casa.
No conozco mejor paliativo de la ignorancia que la escolarización universal democrática, la que no está regida por dictaduras, sean estas laicas o religiosas de ninguna confesión; ni creo que la reducción de la ignorancia cívica de la que hablo se refiera exactamente a la instrucción, sino a una ilustración que tiene más de adquisición de valores democráticos y de hábitos de convivencia y participación en comunidad que de acumulación de doctrina, sea esta científica o mística.
En 1996 Luis Rojas Marcos escribió: Las semillas de la violencia se siembran en los primeros años de la vida, se desarrollan durante la infancia y comienzan a dar sus frutos perversos durante la adolescencia. Estas simientes malignas se nutren de los aspectos crueles del entorno y crecen estimuladas por las condiciones sociales y los valores culturales del momento, hasta llegar a formar una parte inseparable del carácter, de la personalidad o de la “manera de ser” del adulto.
La escuela está presente en la vida de las personas en sus primeros años de vida, en su infancia y en su adolescencia; algo tendrá que decir, alguna responsabilidad le cabrá, a menos que abracemos la corriente antipedagógica y creamos que el contenido cultural transmitido correctamente y adquirido con esfuerzo basta para crear conciencia y convertirnos en ciudadanos. La escuela es una instancia de mediación cultural, una agencia social que tiene la misión de mediar entre los significados sociales, los individuales de los estudiantes y los propios de la institución. Es decir, una instancia que ayude a las personas a recrear la cultura defendiendo al mismo tiempo los valores que lleven a la sociedad a ser más justa, más equitativa, más solidaria, más responsable. Y para ello no basta con mantener un discurso bien elaborado sobre la democracia, la justicia, la solidaridad, la tolerancia o la convivencia. Muy al contrario, se trata de hacer que la práctica, incluso en sus detalles más aparentemente insignificantes, se desarrolle demostrando justicia, equidad, tolerancia, solidaridad, participación, convivencia.
Bruselas y Lahore hace nada, y otros muchos ejemplos en los últimos años, son la prueba fehaciente de que la educación, hoy por hoy, no es más que un barniz de lamentable y vana erudición académica, expresada tanto en los terribles atentados sufridos por la población inocente como en las reacciones ultraconservadoras o ‘extremoderechistas’ manifestadas en actos violentos en la calle o en aparentemente pacíficas intervenciones de respetables políticos ante los medios.
Publicado en Periódico Escuela en marzo de 2016.