martes, 10 de noviembre de 2015

Qué deberes para qué escuela

El debate sobre los deberes no va a tener fin. Tampoco es nuevo, ni mucho menos, aunque en las últimas semanas haya cobrado un protagonismo especial. En las redes sociales se pueden encontrar numerosas iniciativas que denuncian lo absurdo y lo desmesurado de las tareas para casa, exigen su racionalización o ponen el acento en la injustificada e injusta dedicación laboral de infantes y adolescentes. Son muchos los niños y muchas las niñas que pasan al menos cinco horas en la escuela y luego deben dedicar otras dos en casa a esas otras actividades que llamamos deberes. Eso los pequeños. Las cifras aumentan a medida que ellos crecen, con lo que no es raro encontrar a personas de trece o catorce años que deberían asistir durante siete horas a su centro y luego destinar otras dos o tres, a diario, a completar el trabajo que no se ha resuelto en él.

El debate tiene muchas caras. La de las diferencias sociales y culturales de las familias es una de ellas, y una de las razones de la polarización en las opiniones. Véanse si no las que ofrecen CONCAPA y CEAPA en un reportaje de ABC.es sobre el particular del 20 de octubre. Están quienes hacen los deberes en casa con ayuda y quienes no cuentan con ella. Quienes tienen en su hogar ambiente de conocimientos y cultura y quienes carecen de él. Quienes tienen acceso a clases particulares y quienes no pueden permitirse ese lujo. Quienes, si no tienen tareas escolares que hacer, completan su formación con actividades de diversa índole, las mal llamadas extraescolares, y quienes pasan las tardes abandonados a la influencia de la televisión, los videojuegos o las redes sociales… Para muchas familias es una bendición que sus hijos tengan una ocupación, obligatoria, que les distraiga de otras menos deseadas, desde estar en la calle sabe dios con quién hasta relacionarse, sabe dios con qué o con quién en internet.

En cualquier caso, buena parte de los niños y de las niñas tienen cada día más una agenda sobrecargada que les ocupa más horas de las deseables porque les roba el tiempo que necesitan para no hacer nada, para jugar, para soñar, para descubrirse y repensarse. Para vivir.

Otra cara del asunto de los deberes, muy distinta de la anterior, tiene que ver con la naturaleza del trabajo escolar y, por tanto, con las características de las tareas para casa. El problema entonces no es exactamente la carga de trabajo, sino que se trate de una ocupación pesada, aburrida e inútil. Tan pesada, aburrida e inútil como la mayor parte de la tarea escolar. La escuela tradicional, academicista, trabaja con una información cada día más restringida, menos valiosa, mientras fuera de ella hay un mundo mucho más interesante, mejor presentado y más asequible, potencialmente más capaz de mostrar la complejidad de la vida real. Si conseguir el interés y la atención de los escolares en horas de clase es difícil por la existencia de esos dos mundos tan alejados, no digamos del valor educativo y emocional que pueden tener las tareas que se corresponden con esa escuela tradicional, que suelen ser repetición, machaque, de lo que no se ha podido afianzar en clase, bien por falta de tiempo, bien por necesidad de abarcar más de lo que se puede apretar. Mucho, pero sin sustancia. 

A los adultos, y también a niños, niñas y adolescentes, nos falta tiempo en el día para dedicarnos a aquello que realmente nos entusiasma. Las horas pasan volando cuando la actividad a la que nos entregamos nos satisface, nos divierte, nos emociona. Si pudiésemos pensar en una escuela capaz de involucrar a los escolares en proyectos interesantes en sí mismos, ilusionarlos con la emocionante tarea de descubrir, de aprender, comunicarles el deseo de conocer, entonces seguro que no sería necesario encargar deberes para casa; claro que en ese caso todo lo que hicieran fuera de las horas de clase no se llamarían “deberes”. Entonces probablemente sí habría que ser tajantes en establecer un horario formal para la alimentación, el ejercicio, el descanso y el sueño. 

No es sobre los deberes sobre lo que hay que discutir; hacerlo no es sino una manera de reconocer la legitimidad de una escuela caduca o quizás la demostración de la incapacidad de pensar en términos divergentes, disruptivos, creativos, sobre la educación. Es la escuela lo que hay que poner patas arriba para dar sentido a tanta cantidad de trabajo de los estudiantes, ahora estéril, y a tantas legitimas preocupaciones de las familias. Una vez más en estas páginas: los docentes y solo ellos, sintiéndose protagonistas del cambio, tienen la posibilidad de transformar el sistema educativo en un sentido no trivial. No son el problema, son la mayor parte de la solución.

Publicado en Periódico Escuela el 5 de noviembre de 2015