lunes, 25 de mayo de 2015

Maldita cultura de la calificación


Permítanme echar unas cuentas rápidas. Las clases de este segundo cuatrimestre en mi Facultad empezaron a mediados de febrero y estamos a medidos de mayo. Tres meses escasos, semana santa incluida. Cada uno de mis estudiantes de primero del Grado de Primaria ha tenido exactamente treinta y seis horas de clase conmigo hasta el momento.  Estamos a un mes escaso del comienzo de los exámenes. Aún quedan otras tres semanas, tres sesiones a razón de tres horas cada una, nueve horas más en total. Cuarenta y cinco horas no es mucho tiempo para realizar un trabajo profundo y provechoso, pero es lo que hay porque así están construidos los planes de estudios y se hace lo que se puede con las condiciones que nos vienen dadas. La asignatura tiene más horas, pero esas cuarenta y cinco son las de presencia obligada en el aula, a las que hay que sumar las que cada estudiante debe invertir por su cuenta en las diversas actividades que los docentes les aconsejamos o imponemos, que suelen ser leer, estudiar, redactar, buscar información, realizar ejercicios varios, y todas aquellas que dictan nuestro conocimiento de la materia y nuestra pericia didáctica.
Si la asignatura tiene un formato digamos clásico, casi desde el primer minuto hasta el último existe la apariencia de aprovechamiento, porque es posible dictar lecciones en un ambiente de sobra conocido por todos, el docente y los estudiantes, insertos en una dinámica de transmisión y recepción presidido por las explicaciones del uno y el intento de retención de los otros, salpicado a veces con preguntas y otras intervenciones menores que requieren más explicación y más intento de retención. Pero si, por mor del dichoso prurito de profesionalidad y como consecuencia de ciertas convicciones pedagógicas, el formato de la asignatura no obedece a esos esquemas archiconocidos, la cosa cambia. 
Pongamos que el profesor ha decidido que es bueno para el aprendizaje trabajar por proyectos; que ha organizado a los estudiantes en grupos y les ha pedido que cada uno tenga un blog personal y otro grupal; que alimenta el proyecto de cada grupo con pocas, muy pocas exposiciones breves y bastantes, muchos, materiales de todo tipo alojados en una web: textos, vídeos, presentaciones, infografías, enlaces…; que se muerde la lengua con frecuencia para no decir todo lo que cree que sabe y espera a que los estudiantes ejerciten su autonomía y busquen, investiguen, analicen, comparen, concluyan, compartan; que estimula las tentativas y señala con alborozo lo importantes que son los errores que se van cometiendo; que convierte el aula en un foro de debates permanentes y en una arena para la colaboración y el intercambio; que se comunica a diario por Twitter o Facebook e intenta que los estudiantes se sientan atendidos con inmediatez… Sí, la cosa cambia. 
Ya digo que antes de un mes empiezan los exámenes. Pues bien, ahora, cuando nos quedan sólo nueve horas de clase, es cuando la mayoría de mis alumnos y alumnas empiezan a saber qué estamos haciendo, comienzan a comprender por qué nada de lo que dicen o producen lleva aparejada una nota, puede que incluso estén tomando conciencia de lo mucho que ya han leído, de la cantidad de ideas y conceptos que ya manejan, del modo en que han estado enfrentando los problemas, como en la vida misma, con una perspectiva interdisciplinar, de que el asombro y la diversión no son estrategias de acompañamiento sino la esencia del acercamiento al conocimiento, de que lo que han aprendido hasta el momento es fruto de la colaboración sin que sea posible discernir con precisión qué ha aportado cada uno a ese conocimiento compartido.
Pero en menos de un mes empiezan los exámenes y en sus prioridades toma el relevo la necesidad de estudiar, léase empollar, para salir airosos de tan exigente y recurrente rito académico. Ya no les queda tiempo para investigar, ni para debatir, ni para negociar, ni para escribir, ni para comentar lo que otros han escrito. Cuesta que se detengan en un vídeo o dediquen unas horas a ver y analizar una película, que se esmeren en la edición de su blog e incluso que publiquen en él algo más que breves reseñas superficiales arañándole minutos a la tarea que de verdad les preocupa ahora: asegurarse de que tienen todos los apuntes y prepararse para los exámenes. Después de unas semanas que han volado raudas, vuelve cada cosa a su sitio: ya no hay tiempo para aprender, sólo queda el justo para estudiar.
Lo más descorazonador es que al estudiar para examinarse son capaces de responder a preguntas concretas y creen que saben, mientras que tomar conciencia de lo que de verdad saben al trabajar por proyectos exige un esfuerzo de recapitulación que ya no tienen tiempo de hacer ni interés en abordar porque no vale para la nota. Maldita cultura de la calificación, que ahora se refuerza con ensañamiento desde la escuela primaria.