miércoles, 18 de marzo de 2015

Propaganda contra la educación pública

Mucho revuelo ha causado en poco más de una semana el anuncio hecho por los jesuitas, ya saben, el del modelo de educación que va a revolucionar sus centros en los próximos años, empezando por los de Barcelona primero y los de toda Cataluña después. No es mi intención restarle mérito, ni desde luego ponerle peros a la iniciativa. Que las aulas se conviertan en lugares amables, habitables, cómodos, espaciosos, luminosos; que grupos no muy grandes de estudiantes sean atendidos por varios docentes simultáneamente permitiendo una atención más personalizada y diversificada al mismo tiempo; que por fin las asignaturas dejen paso a áreas de conocimiento y éstas a la integración interdisciplinar; que las actividades y tareas se articulen en torno a proyectos de trabajo y no a aburridos ejercicios temáticos desprovistos de contexto; que la actividad del estudiante tenga valor de uso y no de cambio porque no haya notas por la que trocarla; que el horario esté al servicio de la actividad en lugar de ser su tirano; que la reflexión prime por sobre la memorización; que la colaboración sustituya a la competición; que la idea de que el proyecto vital del estudiante es lo que ha de dirigir su educación en lugar de que la instrucción quizás le ayude a encontrar un proyecto vital… todas son ideas que no sólo comparto, sino que he defendido y defiendo con ardor y pasión, además de con argumentos y con el respaldo de la ciencia.
 
Sí, de la Ciencia. La misma que bien podían haber consultado el ministro y quienes le hayan asesorado antes de promulgar la LOMCE, una ley que prescribe un currículo cerrado, parcelado, atomizado, instrumental, tedioso, sin atractivo, referido a estándares que no son más que objetivos operativos (el uso de eufemismos es una plaga, pero no nos despista lo más mínimo y sabemos que de base hay una ciencia, claro, pero obsoleta), una ley que destierra a las humanidades y a las artes y está cargada de pruebas, llamémoslas exámenes para entendernos, que buscan sin el menor disimulo clasificar y etiquetar al personal.  A todo el personal.
El modelo pedagógico que propone y empieza a practicar la Compañía es irreprochable. Lo que me molesta (puede que se llame envidia) es que los ya bastantes centros públicos que llevan años siendo punta de lanza en la innovación y han puesto patas arriba el orden tradicional establecido en la escuela de este país no hayan tenido la más mínima repercusión mediática, no hayan logrado ser conocidos más que por una pequeña parte del gremio, de los docentes inquietos y de los estudiantes que han tenido la suerte de asistir a alguna presentación de experiencias, curso o conferencia. Y más me molesta (esto ya seguro que no es envidia) que, según leo en la prensa, a la señora Rigau le ha parecido una idea “muy interesante” y que los tres inspectores afectados se han “entusiasmado” con el proyecto. A mi amigo Sebastián el inspector de zona le prohibió desarrollar un proyecto de innovación porque no se cumplían los estrictos requisitos horarios establecidos en la ley, sin que importara lo más mínimo que el curso anterior el mismo proyecto hubiera recibido un premio de la Consejería de Educación. Como lo cuento. Y los colegios públicos cuya práctica admiramos y difundimos siempre que tenemos ocasión, utilizándolos como ejemplos de prácticas innovadoras de calidad, haciendo lo mismo que anuncian ahora los Jesuitas para sus centros, andan sorteando trabas administrativas, driblando normas, escasos de personal, desgastándose en una pelea continua contra fuerzas que la burocracia tiene de sobra para doblegar a los ilusos, para someter a los insumisos.
Lo que termina de molestarme, lo que definitivamente me entristece y hasta me angustia, porque algo de responsabilidad me ha de caber, es que la escuela pública no haya sido capaz de articular una propuesta parecida para todos y para todas, que la academia no haya tenido fuerza de convicción suficiente para contagiar la ilusión por cambiar radicalmente el modelo de enseñanza, que el liderazgo que debería ejercer el ministerio lo ejerza de hecho en un sentido diametralmente opuesto y la oposición carezca de ideas claras, definitivas, bien argumentadas y factibles que permitieran a la pública y laica empezar a andar en el camino de la revolución que está pidiendo a gritos. Que la escuela que los jesuitas están empezando a construir, siendo la que defiendo, no sea una propuesta con vocación popular, sino exclusivista y dirigida solamente a quienes puedan pagarla, su clientela natural, la elite económica y social. Que una vez más el marqueting y la propaganda califiquen de tradicional a una escuela pública heterogénea con serias dificultades para trabar proyectos de envergadura, casi se diría que con todo en contra, mientras consigue que el sector privado, el negocio, brille con luz propia como adalid de la modernización educativa.
Publicado en el número 4054 de Escuela