jueves, 6 de noviembre de 2014

Profesionales intelectuales y políticos

El Sr. Wert informa en rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros de la declaración de “la jota, la trashumancia, la improvisación, las fiestas de San Juan o producciones artesanales como por ejemplo el esparto” como Patrimonio Cultural Inmaterial de España. Loable iniciativa proteccionista si no fuera porque en el contexto en que se produce suena más bien a broma, a burla. Puede que a escarnio. O aún peor: suena a estar dedicando a lo superfluo el interés y la dedicación que merecen lo imprescindible. Porque mientras tanto, el mundo de la cultura anda, digamos, ligeramente descontento. Con un ingenio propio de la picaresca más castiza (tan merecedora de ser declarada patrimonio cultural inmaterial español como la improvisación, se me ocurre), la compañía de teatro Primas de Riesgo vende revistas porno y regala representaciones de Calderón para burlar así el 21 por ciento de IVA y gravar con el 4, que es el tipo con el que se protege (eso es proteger; lo demás es palabrería) a la industria de la sicalipsis.  Casi simultáneamente, Jordi Savall renuncia a recibir el Premio Nacional de Música 2014 por entender que la institución que lo concede es responsable “del dramático desinterés y de la grave incompetencia en la defensa y promoción del arte y de sus creadores”. En una extensa carta en la que explica su decisión, Savall añade ciertas consideraciones como la siguiente:  “La ignorancia y la amnesia son el fin de toda civilización, ya que sin educación no hay arte y sin memoria no hay justicia”.  Una reivindicación del valor de la cultura y su papel en la educación de las personas.  ¿Para qué reunir en un mismo ministerio Educación y Cultura si no se es capaz de ver las conexiones? ¿Si la educación, lo demuestra la LOMCE, desprecia a la cultura y Cultura se obstina en alejarse de la educación, tanto en la escuela como en los escenarios y en la calle? Las palabras de Savall se me antojan una declaración especialmente importante por cuanto, lejos de ser la exigencia corporativista de un músico, constituyen una declaración política de un intelectual que en el mismo escrito se refiere también a  la “grave crisis política, económica y cultural, a consecuencia de la cual una cuarta parte de los españoles está en situación de gran precariedad y más de la mitad de nuestros jóvenes no tiene ni tendrá posibilidad alguna de conseguir un trabajo que les asegure una vida mínimamente digna”. La descripción de la situación, de tanto escucharla, va camino de convertirse en un tópico incapaz de conmover, pero es que esta misma semana ha sido avalada por informes de Cáritas, Intermón Oxfam y Unicef, que dan cifras aterradoras.
Mújica deja la presidencia de su país después de haber hecho más discurso político sobre la educación que la mayoría de los ministros del ramo en este y otros países, y más cercano y comprensible que la producción de buena parte de los autores del género.  Se va después de cinco años de mandato y de promover algunas de las reformas más progresistas de América Latina, pero, como incluso un político puede tener ideas políticas y manifestarlas sin eufemismos, deja perlas como ésta: “un pueblo educado tiene las mejores opciones en la vida y es muy difícil que lo engañen los corruptos y mentirosos”. De donde se deduce, a la vista está, que el nuestro es un pueblo con muy poca o muy mala educación, porque los corruptos y mentirosos son muchos, pero los engañados muchos más.
El aire fresco que entró en la pedagogía de este país en los primeros años ochenta gracias a propuestas argumentadas como la del “profesor como intelectual” o “el profesor como activista político” nos hizo creer a algunos que estábamos en el buen camino, pero hoy ya es evidente que hemos desaprovechado la oportunidad de formar a varias generaciones de maestros y maestras, de profesores y profesoras, que hayan aprendido que la profesión docente lleva a las espaldas, por acción o por omisión, una carga intelectual y política de compromiso con la justicia, con la solidaridad, con la igualdad… una apuesta decidida por un mundo más humano, semejante a la que se desprende de la renuncia de un músico a recibir un premio goloso y más que disputado: una lección de intelectualidad comprometida social y políticamente, justo el ideal del docente opuesto al de un técnico al servicio de la instrucción descarnada, encerrada en las miserias de la programación de aula, aislada del mundo que los estudiantes deberían comprender y transformar y agobiada por la responsabilidad de medir resultados, estándares, niveles o competencias.
Publicado en Periódico Escuela el 6 de noviembre de 2014