viernes, 12 de septiembre de 2014

Brindis al sol

Comprendo que ése es el papel, o parte de él, de las instituciones, o de algunas de ellas: el puramente testimonial. Ya ven que estoy empezando muy tibio porque no quiero inaugurar sección incordiando sin propósito. He pertenecido recientemente, durante cuatro años, a una de esas instituciones cuyas proclamas sólo tienen valor consultivo y sé lo que me digo de primera mano.
No obstante, empiezan a sobrarme testimonios, muchos de los cuales me dejan ese amargor de boca que paladeo siempre que soy consciente de haber invertido tiempo y esfuerzo en fuegos de artificio, tratando de encontrar denominadores comunes a discursos excluyentes para poder suscribir, todos, alguna declaración común. Democracia se llama eso también, es cierto, pero de la especie más baldía y estéril.
Echo en falta, por parte de las instituciones, declaraciones programáticas, iniciativas realizables, ideas cautivadoras, propuestas innovadoras, compromiso. Compromiso. Esa es la palabra que define lo que rara vez encuentro y la causa de mis sinsabores.
Me he topado con un documento elaborado por los Consejos Escolares Autonómicos y del Estado, publicado en las Actas del Encuentro celebrado en Oviedo en mayo de 2014. Dieciocho recomendaciones para conseguir “escuelas de éxito” en un escrito tautológico que sólo define qué cosa son las escuelas de éxito en la medida en que las susodichas escuelas se identifiquen con las recomendaciones que allí se hacen. Como se atribuye a Binet: inteligencia es aquello que mide mi test.
Les ahorraré un análisis minucioso, porque no estoy en contra de ellas, en absoluto: casi la mitad insisten en la importancia de la figura del docente y en la abrumadora cantidad de características profesionales y personales que deben adornarlo. Ni una palabra, aparte del genérico énfasis en la importancia de la formación, para que columbremos la posibilidad de esa transformación desde lo que se tiene hasta lo que se recomienda tener para que las dichosas escuelas sean “de éxito”.
Pero sí destacaré dos de las recomendaciones, que puede que les parezcan de diferente tenor, pero que a mí me da que tienen más relación de la que aparentan y, por si fuera poco y mi razonamiento no es muy errado, son contradictorias.
La sexta recomendación reza así: “Fomentar el interés y la motivación del alumnado por la escuela y la formación, de manera que sea un elemento activo en el proceso de aprendizaje, que se sienta seguro, que comprenda lo que se espera de él, que amplíe sus expectativas y que se vea ante una tarea que despierte su interés y le permita progresar.” Hay en esta sentencia un trasfondo que aplaudo sin reservas: si se fijan bien, la responsabilidad de la traída y llevada “motivación” se desplaza de protagonistas de una manera clara, bien expuesta, perfectamente definida. No es el estudiante el que tiene que tener ganas de ir a la escuela, como si debiera llevarlo inscrito en el código genético, es la escuela la que debe provocar en él el deseo de acudir cada día, porque cada día le espere alguna tarea de verdadero interés. Para él, se entiende. De hecho, en  mi opinión, si conseguimos que nuestros estudiantes deseen aprender, el resto de las muchas tareas de nuestra profesión son pan comido si exceptuamos la burocracia, que no es difícil pero aburre hasta a las ovejas.
La recomendación undécima afirma lo siguiente: “Asumir que una cultura de la evaluación resulta imprescindible  para determinar en qué medida se cumplen o no las metas de calidad asociadas a los aprendizajes y adoptar, en su caso, las decisiones de mejora pertinentes.” Que la evaluación es imprescindible para mejorar es algo de lo que no me cabe la menor duda. Que deba relacionarse con las metas de calidad, según cuáles sean, dónde se pretendan conseguir y por qué medios ya es bastante más discutible. Pero que la calidad esté asociada a los aprendizajes, y sólo a eso, es un reduccionismo que la pedagogía lleva muchos años denunciando. Si se trata de un guiño a las políticas de evaluación que dan carta de distinción a la LOMCE con las pruebas externas y las reválidas, para mí que acaban de poner en entredicho todo lo que de satisfactoria tiene la recomendación anterior. Creo sinceramente que son dos enunciados que colisionan porque el uno habla de la necesidad de provocar deseo, y el otro de frustrarlo por mor de uniformar los resultados de aprendizaje para que sean comparables y así den la medida exacta de cuáles son “escuelas de éxito” y cuáles no. Pero es que, además, en la recomendación sexta se esconde la idea, pedagógica y socialmente muy potente, de que las escuelas, todas, son capaces de enseñar; y en el otro parece que sólo algunas. Quizás por eso en los últimos años nuestro sistema educativo estimula a las familias para que elijan el mejor centro para sus hijos en lugar de garantizar que cualquiera pueda educarlos con solvencia. La privatización, el negocio, en segundo pero privilegiado término.
Hasta para hacer brindis al sol es conveniente mostrar coherencia.
Publicado en Periódico Escuela el 12 de septiembre de 2014