jueves, 12 de junio de 2014

Sentar un pobre a la mesa

Comer de beneficencia en verano en el colegio daña la imagen de la comunidad, dice el presidente de La Rioja, confundiendo, quién sabe si a propósito, caridad con solidaridad. 
Aquello de sentar un pobre a la mesa estaba bien, pero porque sólo era en fechas señaladas. Que el pobre se haga asiduo y regrese a diario con la escudilla vacía y afán de llenarla es más bien un incordio, una atentado estético. Hasta para él, que puede llegar a traumatizarse de por vida recordando siempre su triste condición. Condición que algunos más que triste parece que considerasen indigna, exigiéndoles sentirse culpables además de pobres. Golpes de pecho y meaculpas incluidos.
Como argumentos hay, de todos los colores, para hurtar o  proporcionar el comedor escolar a quienes lo necesitan, y todos buscan la complicidad de la parte de los votantes que sustentan su regalado modo de vida, unos y otros se arrojan a la cara el adjetivo descalificador por excelencia: ¡populista! Cualquier cosa menos driblar el hambre, quebrar la necesidad y desterrar el dolor; y la vergüenza. La de todos.
El debate sobre malnutrición, desnutrición y subnutrición, que ha saltado a la palestra propiciado por las declaraciones del presidente de la Comunidad de Madrid y aireado por la inútil prensa alquilada al poder, ese debate no es populista. Es el colmo del esperpento y de la desfachatez de una parte de la sociedad saciada (sí, de comer) que se empeña en ignorar a otra parte, por suerte de momento más pequeña, que sencillamente no tiene que comer. Un pueblo educado no lo permitiría.
Publicado en Periódico Escuela el 12 de junio de 2014