viernes, 14 de febrero de 2014

Ni magia ni encantamiento

Mientras el mago transmuta corazones en picas dejándonos boquiabiertos a menos de dos metros de distancia, mi amiga Begoña Espejo susurra una frase que compendia un tratado sobre la enseñanza: “si fuera magia tendría menos mérito que lo que realmente es: habilidad y dominio de la atención del espectador”. Todos los presentes, siendo colaboradores necesarios del truco, somos testigos del milagro pero no sabríamos repetirlo, y nuestra incapacidad, nuestra incomprensión del fenómeno, nos invita a llamar magia a lo que no es sino competencia profesional.
Algo parecido sucede con la educación, que todos ven el espectáculo pero pocos saben cómo se transita de la información al aprendizaje, a la creación de conocimiento –a pesar de que, a diferencia de lo que pasa con los magos, cualquiera cree, con una suficiencia insultante, poder sustituir a los maestros–.
“Mi práctica profesional, que es la práctica docente, (…) exige de mí un alto nivel de responsabilidad ética de la cual forma parte mi propia capacitación científica”, dijo Freire adelantándose unos años a Begoña.
Compromiso ético y formación, baluartes de la profesionalidad docente durante los últimos años, son ahora valores a la baja porque en los sistemas educativos tecnocráticos se trata de exigencias débiles, toda vez que el profesorado no los necesita al estar fuertemente constreñido por un currículum cerrado y unas evaluaciones externas selectivas que de hecho frenan si no imposibilitan la innovación y la experimentación.
El eslogan de los ochenta “la imaginación al poder” se ha transmutado también, como los naipes, y casi sin darnos cuenta nos hemos topado con el actual “la mediocridad al poder”. Al gobierno en realidad, porque el poder, de hecho, es del capital. Pero, como en el caso de las cartas, en este tampoco se trata de magia.
Columna publicada en Escuela el 13 de febrero de 2014