sábado, 9 de marzo de 2013

Autonomía y desempeño de la docencia universitaria


Entre sesión y sesión de uno de esos eventos a los que acudimos los universitarios, en torno a un café o alguna otra cosa, en ese descanso que con harta frecuencia es más valioso que el acontecimiento académico que nos convoca, conozco a un joven colega que me cuenta de las condiciones de su trabajo. En este caso no se trata de las consabidas quejas por la descompensación entre compromiso laboral, salario y responsabilidad social que afecta a esta gente de entre 25 y 35 años que, más preparada y con más méritos objetivos de lo que lo estuvimos en su momento quienes ya afortunadamente no tenemos que preocuparnos por la estabilidad laboral, anda toreando sueldos miserables encarando un futuro profesional más que incierto.
Lo que me cuenta tiene que ver con otras condiciones de trabajo, relacionadas esta vez con la autonomía y el desempeño de la docencia. Tienen en su Departamento varias consignas que le producen zozobra y ansiedad porque teme incumplir alguna, lo que resulta extremadamente sencillo, y se cree siempre al borde de una llamada de atención. No digamos nada de la preocupación por agradar para renovar contrato, que será basura, pero le permite comer.
Al impartir su asignatura en un título de Magisterio, ha de tener mucho cuidado de no abordar ninguna noción propia de la Didáctica, porque ésa es otra área de conocimiento, sus alumnos podrían decirles a otros profesores que eso ya lo han dado, y los departamentos de didácticas, general y específicas, podrían quejarse de intrusismo.
Me cuenta que los rígidos criterios, instrumentos y sesiones de evaluación casi le impiden dar clase y que esto, dar clase, es un ejercicio de equilibrio entre lo programado por el Departamento y su iniciativa personal, a la que le queda escaso margen, en los pocos ratos en los que no está evaluando.
Me cuenta que todo está medido, pautado y orquestado de tal manera que alguna vez ha pasado de un tema a otro con fundadas sospechas de no haber afianzado el primero, porque el cronograma dice que en la semana en cuestión todos deben estar trabajando en clase exactamente el mismo apartado del temario, con las actividades que a cada uno mejor les parezcan, sí, pero aplicando idéntico ejercicio de comprobación de resultados. Lo que reduce considerablemente el interés por buscar nuevos medios, métodos o estrategias.
Y me cuenta que no ve por ninguna parte la coherencia entre el carácter holístico de las competencias profesionales que sus estudiantes deberían alcanzar y la fragmentación del currículo que se imparte en su Escuela Universitaria.
Yo en cambio he decidido modificar el planteamiento metodológico que tenía previsto (el mismo que el del año anterior) la mañana de la segunda tarde de clase con mi nuevo grupo de alumnos; he reducido las tareas de la llamada evaluación (que con ese eufemismo se refieren a la calificación, clasificación y selección de mis alumnos) a su mínima expresión, siempre en los términos acordados con la gente de la clase y siempre de manera poco dramática y al final del semestre; mis incursiones no previstas en las asignaturas de otros compañeros son al menos tantas y tan frecuentes (y enriquecedoras para los estudiantes) como las de ellos en la mía.
Mi trabajo es respetuoso con la programación de mi Departamento, que proporciona una guía bastante abierta y flexible para tratar de provocar el aprendizaje, a partir de los mismos contenidos, sí, y con un amplio catálogo de posibles estrategias metodológicas y de evaluación compartidas, también, pero perfectamente adaptable al contexto, a las características y a los intereses del grupo. Y del docente.
¿Son, el de este joven colega y el mío, dos modos opuestos de entender la adaptación al EEES por parte de nuestros respectivos Departamentos? ¿Son dos ejemplos polares de cómo Bolonia es interpretable hasta, si es preciso, la caricatura?
El caso es que el esqueleto de ambas programaciones es el mismo, porque es la misma agencia estatal la que las prescribe, aprueba y supervisa.Pero más allá de lo programado están las directrices particulares de cada Departamento, de cada área, de cada grupo de poder,  para cumplir y hacer cumplir el programa. El celo con el que vigila el cumplimiento y sobre todo el modo en que es capaz de imaginar  el valor educativo de todo ello.
Una muestra más de que la programación, cuando no es una herramienta viva de trabajo para el docente, no es más que una losa burocrática y administrativa que constriñe de manera insoportable la enseñanza y el aprendizaje.