domingo, 25 de noviembre de 2012

Bolonia es una playa de Cádiz

Durante unos años hemos pronunciado la palabra innovación con cierta frecuencia en la Universidad. Para extrañarla, para reclamarla, para experimentarla, para sugerirla, para alentarla, para financiarla, para evaluarla, para implementarla, para conceptualizarla, para gestionarla, para diseñarla y programarla, para explorar sus límites y posibilidades en lo teórico y en la praxis... Antes de la introducción del Espacio Europeo de Educación Superior ya había quienes innovaban en su docencia, claro que sí. Pero las declaraciones del llamado Plan Bolonia, y sobre todo sus desarrollos (véanse por ejemplo el documento CIDUA o las guías para el EEES -Akal, 2009-), fijaban unas directrices legales y metodológicas que pretendían poner las bases para transformar la vieja Universidad en un ente activo contemporáneo que asumiera un compromiso intelectual y social más claro, más decidido. Una Universidad más capaz de emprender las modificaciones necesarias para el progreso del conocimiento, la formación de las personas a lo largo de su vida y el bienestar de la sociedad.

Como los docentes somos un colectivo respondón, aceptamos a regañadientes el plan que llamamos Bolonia, pero lo aceptamos como un horizonte utópico que seguramente la realidad no nos permitiría alcanzar. Como sucede con toda utopía. Le pusimos peros: todos los que desde las ciencias y las humanidades, la política, la organización, la sociología, la psicología, la didáctica... pudimos. Porque queríamos que fuera un buen plan.

Ahora ya no tiene sentido. Solo los aspectos estructurales permanecen, porque no necesitaban de nuestro concurso, porque podían ser puestos en marcha burocráticamente a base de calcular número de horas, créditos, grupos, precios y poco más. Pero lo sustantivo de la entrada en el EEES, la excusa para poner patas arriba la enseñanza y el aprendizaje en la Universidad española, que es lo que nos interesaba, se ha quedado en el camino.

Al grito de ¡Bolonia! la gestión se ha burocratizado aún más, plegándose a unas exigencias fundamentalmente aritméticas que llaman de Garantía de Calidad, que en lo que realmente resultan es en listados interminables de indicadores y en la uniformidad en la cumplimentación de documentos para la docencia que, con la excusa de ser clarificadores para el estudiante, se reducen a discursos semivacíos para que puedan ser aceptados por todos, que poco o nada tienen que ver con una enseñanza de calidad, esa que está pegada a las aulas y en ellas se sustancia.

La idea de una Universidad que centra el foco en el aprendizaje del estudiante y no en la enseñanza del profesor, una Universidad en la que se trabaja en grupo y se adquieren competencias profesionales, una Universidad no subsidiaria del examen como recurso único de evaluación, con prácticas en escenarios reales y naturales, que vincula el conocimiento a la elaboración y puesta en práctica de proyectos de acción... Esa Universidad que pretendía unirse al EEES, nunca llegó a ser por falta de tiempo y por las dificultades de incorporación de una institución como esa a los cambios. Pero ahora es que ya no existe, certificada su defunción por la política educativa de un ministerio insensible a las exigencias educativas actuales y a las necesidades espirituales y materiales de los ciudadanos. El esfuerzo de innovar se ha agotado en los papeles.

Quienes hacíamos Bolonia antes de la declaración de Bolonia seguiremos en ello, naturalmente. Sólo que, desaprovechada la coyuntura legal, derrumbada a base de recortes y por falta de desarrollo, y quizás de auténtico interés en él, Bolonia vuelve a ser optativa, depende otra vez del voluntarismo del profesorado, del esfuerzo y de la ilusión personal, aunque más decepcionado que antes y sobrecargado de burocracia.

Para los que formamos maestros, el colmo es la LOMCE en el horizonte, como una amenaza que vaciará de sentido las propuestas del EEES al volver a dar carta de naturaleza a las reválidas y por lo tanto a la comprobación de resultados tangibles, resultados de aprendizajes individuales y memorísticos sobre todo, que impregnarán irremediablemente las prácticas de los futuros maestros que no quieran correr el riesgo de abocar a su alumnado al fracaso en ese sistema nacional. Una ley sin imaginación y sin márgenes para la creatividad, es decir, para la innovación. También por eso hay que pararla.