miércoles, 25 de julio de 2012

Retrato impresionista de un curso de verano

No es fácil para el director de un curso difundir sus propias valoraciones acerca del mismo, y no porque al ser parte interesada sus juicios inevitablemente estén contaminados, que todos lo están, sino porque con razón podría atribuírsele petulancia, soberbia o vanidad en unos casos o, en otros, derrotismo, insatisfacción crónica y también arrogancia, petulancia, soberbia o vanidad. Pero creo que, comprometido con la educación de calidad y recientemente sumado a esta beneficiosa práctica de publicar de vez en cuando en un blog para ofrecerlo a quien quiera leerlo, es obligado que lo haga. Es uno de los efectos colaterales de la explosión de los medios de información y comunicación: estando fácilmente a tu alcance expresarte para el público, a veces resulta difícil sustraerse a ello y, además, injustificado en algunos casos.

Por si a estas alturas ya hay quien ha sopesado la lectura y decidido que no llegará al final, empezaré por ahí, por la valoración última: me quedo con impresiones, con sensaciones, y en la balanza pesan mucho más las que me hacen feliz. 

No quisiera hacer un balance del curso a la manera en que los contables registran los asientos en el debe y el haber; no quiero, y no sé, ponerle nota ni a las intervenciones ni al valor que pueden haber tenido con respecto a la formación profesional de asistentes y ponentes; no es preciso que relate los acontecimientos, porque eso ya lo ha hecho magistralmente Salva Barrientos en su blog "Educar en tiempos inciertos" , donde en sólo cuatro breves posts consigue una magnífica crónica y un juicio crítico que recomiendo sin reservas.

Me contentaré con comentar algunos aspectos que se me antojan de especial interés para hacerse una idea de cómo me parece que ha resultado todo. El primero es la extraordinaria –en sentido literal– respuesta por parte de los asistentes, reflejada en el elevado número de personas matriculadas. 

Ya se sabe que el crédito ECTS que la universidad da a cambio de asistir al curso es un buen señuelo, pero no es menos cierto que ese trueque está disponible para todos los cursos programados, y no sólo para los que organiza la UMA. Ni tampoco que aproximadamente el 50% de los asistentes no podían beneficiarse de ese crédito al no ser estudiantes de Grado sino docentes en activo en todos los niveles del sistema, incluida aunque escasamente representada, la universidad.




En este caso, la elevada asistencia se me antoja que no puede significar más que la respuesta entusiasta a un programa confeccionado con la participación de algunas de las personas más interesantes en su campo en este momento, junto con la elección de algunos de los temas más actuales. Qué duda cabe que la reunión en una semana de Ángel Pérez, Mariano Fernández Enguita, Jordi Adell, Ramón Barlam, Fernando Trujillo, Fernando García Páez, Kiko Murillo, Sebastián Rodríguez, Juan Rafael Fernández, Agustín Rodríguez y José Gimeno es un atractivo indudable para quienes estamos convencidos de que los análisis serios, rigurosos y profundos son absolutamente imprescindibles para iluminar ángulos oscuros, enriquecer los debates y alimentar pensamiento y acción, y de que no es un mito que existen experiencias punteras, innovadoras, viables, llevadas a cabo con sus luces y sus sombras por docentes como nosotros, en las mismas condiciones que los demás padecemos y con estudiantes como los nuestros. No están todos los que son, desde luego; pero sí son todos los que están.

Pero hay más: el tema del curso resulta añejo y retador al mismo tiempo. Innovación y Educación de Calidad no es precisamente un título novedoso, pero siempre es actual. Lo mismo puede decirse sobre el subtítulo, los apellidos: "metodologías y recursos para la enseñanza en el siglo XXI". Al número del siglo ya nos vamos acostumbrando quienes tenemos sobrada experiencia en el anterior, pero el resto de la frase no es sospechosa de originalidad ni siquiera para los más jóvenes, aunque ni pasa ni pasará de moda. Con gusto me comprometo a reeditarlo para el siglo XXII, para el XXIII... sólo por demostrar que a los cambios de los tiempos les acompaña siempre, ineluctablemente, la búsqueda de mejores modos de trabajar con la información y hacer que quienes se educan lo hagan mejor y más razonablemente.
En el programa subyace una dinámica nada oculta que intenta ofrecer reflexiones teóricas junto con ejemplificaciones prácticas relacionadas, y un debate final entre los protagonistas y con el público. Pero de este aspecto me ocuparé más adelante porque es uno de los que debo registrar en el platillo de la balanza que sopesa los errores.

Todo lo anterior explica, a mi juicio, gran parte del éxito de asistencia y, seguramente, ya que el programa se ha desarrollado fielmente salvo escasas desviaciones sin importancia, también explica las buenas opiniones de los participantes recogidas durante y al final del curso. Sin embargo, es de justicia admitir que ni el planteamiento de los temas ni la elección de los ponentes hubiera tenido tan excelente acogida si no fuera porque el colectivo de los asistentes, tan variopinto, tan diverso, tan heterogéneo, a fin de cuentas comparte una característica que hace unión y es fuerza: es un grupo de soñadores sin remedio que con la que está cayendo y el horizonte lleno de grises y amenazantes nubarrones no encuentra nada mejor que hacer que dedicar cinco días del mes de julio a escuchar propuestas teóricas difícilmente realizables sin el apoyo de una Administración interesada en ellas, y prácticas innovadoras en franco peligro de extinción. Extinción deseada, sugerida, alentada, programa y, si llega el caso, ejecutada, por un gobierno insensible a las exigencias educativas de los tiempos y a las necesidades materiales y espirituales de quienes nos sucederán. El compromiso profesional de este colectivo al que pertenecemos desmiente con ejemplos como éste la sesgada visión funcionarial que interesadamente se presenta en sociedad para desacreditar al profesorado. Y de paso, a la educación pública.  

Otro aspecto que deseo comentar se refiere a algunas de las características organizativas. En un curso en el que los contenidos sobre el uso de las TIC son coprotagonistas, es una contrariedad colosal que no haya internet salvo en el ordenador del ponente. Eso ha impedido que se retransmitieran en directo las ponencias, aunque las conexiones 3G han permitido que twitter fuera testigo y portavoz de ellas a través de sentencias que, he de decirlo, me han parecido acertadas y bien seleccionadas. Fieles,  casi siempre.  

Hemos suplido como hemos podido mi falta de pericia y de previsión por la generosidad de mis queridos Manuel Fernández Navas y Noelia Alcaraz Salarirche, docentes universitarios innovadores en toda regla, que con una camarita doméstica, grandes dosis de tesón y paciencia y mucha fatiga han grabado en vídeo todas las sesiones y han conseguido subir a youtube un producto muy digno como testimonio aunque manifiestamente mejorable en sus aspectos técnicos. 

El horario no ha sido el adecuado. Esto no admite medias tintas. Y no lo ha sido tanto por lo que incluía como por lo mucho que dejaba fuera. Lo que los módulos han permitido ha sido fundamentalmente transmisivo y acelerado, con muchos contenidos tanto conceptuales como procedimentales y con innumerables cuestiones controvertidas sobre las que valía la pena pedir aclaraciones o discutir, y para eso no hemos tenido suficiente tiempo ni el necesario reposo... después de cada conferencia. Quienquiera que lea estas líneas y no haya asistido al curso puede hacerse una idea equivocada, de modo que insistiré: cada día hemos tenido dos horas para una mesa redonda en la que sí que se ha producido el debate, como siempre ocurre, más intenso e interesante a medida que se acaba el tiempo. Pero los temas de las mesas redondas eran aspectos particulares de los de las conferencias precedentes, con lo que la discusión no podía girar en torno a todas las cuestiones que habían planteado los ponentes, más las que surgían al hilo del propio debate. 

Con ser importante lo antedicho sobre el horario, lo que se ha quedado fuera completamente ha sido la interacción social. Nuestra pasión por lo virtual no nos ciega; amamos también lo presencial y disfrutamos con la relación personal cara a cara, con el tiempo necesario para cobijarse a la sombra en torno a una mesa de bar, y compartir, y departir. No es una frivolidad: estudios hay que aseguran que los asistentes a eventos educativos encuentran frecuentemente tan interesantes o más los intercambios profesionales informales durante esos tiempos y espacios no reglados que los contenidos transmitidos en las sesiones de trabajo. Y desde luego representan una oportunidad excepcional para crear comunidad, para establecer lazos y fortalecer relaciones personales y profesionales.

Un último aspecto relacionado con lo que opino del curso me queda por comentar, aunque  será muy brevemente. Se trata de las líneas de fuga trazadas en el cuadro que se ha dibujado durante la semana, los aspectos que desarrollar o en los que profundizar. Muchos, sin duda, pero destacaré tres. Queda sin explicar, o al menos sin ejemplificar claramente, cómo se evalúa cuando se trabaja por proyectos, cuando se usa el modelo de aprendizaje basado en problemas o cuando las tareas de enseñanza y aprendizaje se orientan a la consecución de las competencias básicas. Queda sin debatir suficientemente la tensión entre sociedad, estado, mercado y educación, en la que Ángel Pérez y Mariano Fernández Enguita nos introdujeron ya desde el primer momento. Queda por abordar seriamente otra tensión, la del fondo frente a la forma, la de los medios frente al contenido, esbozada o entrevista varias veces a lo largo de las intervenciones en el curso. Queda materia para otro por lo menos.