miércoles, 20 de julio de 2011

Pues claro que #quierotutoría

Alguna vez tenía que inaugurar este blog. No estoy seguro de tener la constancia necesaria, y desde luego me falta convicción, seguridad de tener algo que decir que merezca la pena, algo que justifique el que alguien dedique unos minutos a leerlo y no tenga que lamentarse de haber perdido el tiempo. Porque esa pérdida, la del tiempo, es la más lamentable: no hay modo de recuperarla ni compensarla.
Y pretender que uno tiene algo que decir es de una arrogancia, de una petulancia, de una soberbia tal, que sólo si lo que dice resulta merecer la pena, sólo entonces, y aun de eso no estoy completamente seguro, hay penitencia que rebaje la capitalidad del pecado.   
Soy de los que piensan que padecemos inflación de textos pedagógicos o que lo pretenden. Y sin embargo, también soy de los que piensan que la mejor estrategia de formación reside en la comunicación de ideas, proyectos y experiencias, que una de las peores lacras de la profesión estriba en que los maestros escribimos poco y leemos menos. Pero eso no evita que piense que son demasiados los posts, artículos, informes, capítulos y libros publicados bajo el asunto genérico "educación" que reproducen teoría ociosa, prejuicios, creencias ideológicas, verdades del barquero o, sencillamente, banalidades, bajo el disfraz de una elaborada grandilocuencia o, las más de las veces, refugiadas en pura y simple demagogia. 
Desde luego que no me parece mal que la gente opine. Opina Juan el de la tienda de mi calle, lo hace el veterinario que ha operado a mi perro Camarón, el funcionario que me pasa el IBI al cobro opina, y cada hijo de vecino con el que me tropiezo a cada rato tiene su opinión sobre todos y cada uno de los tópicos del día que se refieran a la educación. Pero las suyas, respetables como las que más, son opiniones vulgares, en el sentido más noble del término. Las de quienes nos dedicamos a educar, en cualquier nivel del sistema educativo, son opiniones profesionales. O eso me gustaría. 
Hace años que descubrí que de nada valía discutir sobre cuestiones pedagógicas con quienes no comparten códigos, conocimientos y perspectivas del mismo campo o de la misma área. No conduce más que al agotamiento, porque al argumento que trata de ser razonado se oponen demasiadas veces creencias ideológicas, intereses, motivos y pulsiones: irracionalidad en estado puro. 
Lo peor es cuando eso exactamente es lo que pasa también con colegas de profesión, tan sometidos a las presiones de la cultura social dominante como cualquiera, tan desprevenidos frente a la avalancha mediática (redes sociales incluidas) como el que más.
Frente a la comunión con tales consignas sociales no hay más antídoto que la reflexión. Y la reflexión exige al menos un material abundante y variado sobre el que reflexionar, y tiempo; suficiente tiempo para considerar cuidadosa y detenidamente los datos a la luz de sus antecedentes y de sus posibles consecuencias. El vertiginoso intercambio de información (de fragmentos de ella, al menos) no favorece precisamente ninguna de las dos condiciones, ni promueve un estilo reflexivo que permita ejercer la crítica en su sentido auténtico. Posicionarse hoy frente a la noticia, muchas veces tiene más que ver con quién nos ofrece su versión, con nuestras filias y fobias hacia la fuente, que con el hecho en sí, porque adherirse a la opinión de quien respetamos, admiramos o queremos es inmediato mientras que conocer los entresijos del hecho en sí reclama un esfuerzo reflexivo para el que no siempre tenemos la mejor disposición, los datos necesarios o el tiempo requerido.     
En los dos últimos días le ha tocado el turno a las idas y venidas por la red de opiniones sobre la supresión de las tutorías en Secundaria en la Comunidad de Madrid, y de exigencias en su contra. El #quierotutoría y el #Escuelasinesperanza han progresado geométricamente, remitidos por cientos de personas que, como yo, creen que la tutoría es una actividad docente (repito, docente; por tanto, no un añadido ni tarea profesional exclusiva del orientador) de la mayor importancia.
También yo reclamo más y mejor atención a la acción tutorial con adolescentes, y veo con preocupación y desasosiego el rumbo que están tomando las cosas en la escuela de este país, de cuyo compás la supresión de las tutorías no es sino un indicador más.
Pero creo que, en las denuncias de la inconcebible arbitrariedad que se comete en este caso, no he encontrado ni un atisbo de autocrítica ni de análisis reposado que permita entender cómo es posible que la política neoliberal más miope reprima de un plumazo lo que debería ser una práctica educativa consolidada, respetada, apoyada y hasta reclamada por el profesorado y por la ciudadanía. Razones ha de haber para que eso suceda sin que la contestación profesional y ciudadana salga de los muros virtuales de las redes sociales. Supongo que una mala interpretación de los resultados de PISA, reclamando la vuelta conservadora a los estudios de lo básico (Back to Basics, se llamó ese movimiento en USA hace ya treinta años) está en el origen remoto de todo ello, asumida tanto por la clase política, como por los ciudadanos, como por, lamentablemente, buena parte del profesorado.
En once años como profesor de EGB y más de veinte en la Universidad, he conocido y conozco experiencias de tutoría excelentes, ejemplares, dignas de ser difundidas, comunicadas y emuladas. He conocido y puedo recomendar algunos proyectos educativos que giran en torno a una idea profunda, pedagógica y sólidamente argumentada de tutorización, en la que engarzan todas las tareas y actividades de áreas y materias. Pero he conocido más repasos, preparación de controles, tests de todo tipo y clases, ocasionales pero al uso, de fraternidad, colaboración o solidaridad, que lo que todos parecemos entender por tutorías. Clases, por cierto, que si se imparten en la "hora" de tutoría es porque no caben en los programas, en los métodos ni en los procedimientos de las de  matemáticas, geografía o filosofía. Pero eso es harina de otro costal.
"Esas" tutorías son prescindibles, y son mayoría. Si las "otras" se hubieran convertido en imprescindibles para la educación; si fueran bien valoradas por el profesorado, sentidas como labor profesional de primera magnitud; si los padres sintieran que se les está quitando algo esencial para la educación de sus hijos; si cambiarlas por alguna hora más de una materia de prestigio popular (y, me temo, profesional) no tuviera el respaldo de la población y del colectivo docente... ni Aguirre ni nadie se hubiera atrevido a suprimirlas. 
Por algo será.